Juan M. Blanco
Resulta difícilmente explicable que, tras la abominable gestión gubernamental de Pedro Sánchez, su partido mantenga una intención de voto que no se aleja del 25%. Ya pueden estallar docenas de escándalos, destaparse centenares de enredos, desfilar por el juzgado una interminable ristra de granujas, truhanes y petardistas o cometerse felonías, desafueros y tropelías a raudales, que estos votantes se mantienen inmutables, como si los mismos actos fueran condenables, o loables, dependiendo de la orientación política del perpetrador. Pueden percibir la desmesurada corrupción, el desbarajuste legal, el descoyuntamiento territorial o el extremado deterioro institucional, pero se consuelan pensando que, al menos, no gobierna la derecha. Votan a la izquierda no por lo que hace… sino por lo que es.
Y no es porque los izquierdistas actuales carezcan de capacidad de raciocinio sino por algo mucho más complejo: el progresista habita en un universo moral distinto. La identificación con la izquierda cumple funciones simbólicas, afectivas e identitarias, mucho más cercanas a las emociones que a la razón. En “A conflict of visions: ideological origins of political struggles” (1987), Thomas Sowell explica los intensos conflictos políticos del siglo XX como un choque entre dos modos opuestos de concebir la naturaleza humana: la visión moral limitada y la visión moral ilimitada.
La visión moral limitada considera que no es posible cambiar una naturaleza humana que es imperfecta, que alberga a un tiempo bondad y maldad. Por ello, la sociedad debe establecer reglas impersonales, instituciones e incentivos capaces de canalizar las virtudes y contener los vicios, nunca imponer una moral obligatoria porque el mal no puede erradicarse, tan solo controlarse. La política ha de ser pragmática y valorarse por sus resultados finales, no por sus intenciones. Como cualquier dirigente puede corromperse, desviarse o aprovecharse del cargo, es imprescindible establecer límites, controles y contrapesos al poder, nunca confiarlo alegremente al gobernante. Se encuadrarían en esta visión el conservadurismo, la socialdemocracia y, sobre todo, el liberalismo.
La visión moral ilimitada cree, por el contrario, que la naturaleza humana es moldeable, que es posible eliminar la perversidad del mundo porque el mal no proviene del ser humano sino de una organización social injusta. El político y el intelectual poseen una misión redentora: liberar a la humanidad de las estructuras opresoras y conducirla a un mundo ideal. La política se valora por sus intenciones, no por los resultados, pero solo poseen buena intención quiénes se sitúan en el bando moral correcto. El poder es opresivo cuando lo detentan las estructuras tradicionales, pero es liberador cuando lo ejercen los virtuosos y esclarecidos. Los límites y controles al poder son contraproducentes cuando gobiernan los buenos porque, en ese caso, se convierten en meros obstáculos a la redención. Se encuadrarían en esta visión el marxismo, el nazismo y la actual izquierda woke.
La visión moral ilimitada posee inconfundibles rasgos mesiánicos y milenaristas, propios de las religiones. Y no es casualidad: este enfoque surge de la proyección de doctrinas teológicas, concretamente cristianas, a la política. Con la secularización, y el abandono de las iglesias, los dogmas religiosos no desaparecieron: precipitaron sobre la realidad política y social, generando ideologías que, no siendo propiamente religiones, poseen muchos dogmas y liturgias de origen sagrado. Son creencias sustitutivas de la religión porque satisfacen necesidades psicológicas similares como proporcionar sentido e identidad, aplacar la mala conciencia o sentirse en el bando de los justos. El progresismo en España no es exactamente una religión, pero se parece demasiado a una iglesia, con un Papa Pedro revestido por sus fieles con el don de la infalibilidad.
Proyección de doctrinas teológicas
El cristianismo introdujo en Occidente una estructura moral dondeel mal tiene origen en el pasado (el pecado original), la historia posee un comienzo (la creación), una continuación (la caída) y un desenlace (la redención), con una promesa final de salvación… pero en otra vida. La visión política izquierdista seculariza los dogmas religiosos: el pecado original se transforma en la injusticia social, los herejes en la (extrema) derecha y el Reino de los Cielos en la venidera sociedad justa y perfecta, trasladando así la redención desde el mundo celestial al terrenal, desde otra vida a esta.
Al abandonar la esfera sagrada y descender al mundo terrenal, los dogmas religiosos adquieren un componente tóxico pues desaparecen los límites y salvaguardias que confiere la trascendencia. El cristianismo posee una visión limitada de la naturaleza humana, siempre imperfecta en comparación con Dios, porque la utopía, la perfección, ese componente ilimitado, quedan fuera de este mundo: se aplazan a otra vida. Pero estas pseudo religiones laicas no conocen freno porque colocan la utopía en la próxima esquina: para alcanzarla, cualquier medio es lícito.
Los grandes totalitarismos del siglo XX, el comunismo y el nazismo, compartían esta visión ilimitada, cuasi religiosa, una fe utópica en la redención del ser humano a través de un poder político absoluto, aunque el contenido del mito fuera distinto: el comunismo purificaba por clase social, el nazismo por raza. Estas ideologías redentoras produjeron monstruos porque el objetivo de abolir el mal fin justificaba toda violencia, en nombre del bien. En su empeño por alcanzar el cielo, condujeron directamente al infierno.
Los progresistas actuales conciben la política como una lucha moral entre el bien y el mal, un enfoque que, como toda visión ilimitada, es incompatible con el sistema democrático constitucional, diseñado para imponer límites al poder, no para redimir a la humanidad. La democracia liberal se basa en la desconfianza hacia el poder político; la visión ilimitada progresista en una fe ciega en el poder como vehículo de salvación. El sistema constitucional se fundamenta en el estricto respeto a las reglas del juego, pero, para el progresismo actual, si los fines son justos, las reglas son prescindibles. En una democracia no existe monopolio de la verdad moral, ni búsqueda de la imposible perfección: hay que aceptar el disenso y el error. Pero el progresista no soporta esta ambigüedad, necesita una moral única, una idea clara de quién encarna el bien y quién el mal. Por eso, cuando llega al gobierno, su dictado se convierte en catecismo, la disidencia en pecado y la crítica en herejía. Ya no hay debate con el discrepante sino excomunión. La reciente condena al fiscal general del Estado no es una simple sentencia judicial sino una conjura diabólica, un acto perpetrado por eje del pecado: la derecha. Encuadrado en el bando de los justos y santos, García Ortiz nunca puede ser culpable.
La democracia se asentó en buena parte de Europa cuando, descolocada por el fracaso de las revoluciones y las matanzas del comunismo, la mayoría de la izquierda abandona el marxismo y abraza la visión limitada de la socialdemocracia, asumiendo principios básicos del pensamiento liberal, como la necesidad de reglas, incentivos y controles al poder o la conveniencia de reformas incrementales. La democracia funcionó porque, a pesar de sus discrepancias, los partidos mayoritarios, de la derecha a la izquierda, compartían una visión moral limitada. Sin embargo, en las dos últimas décadas, la izquierda ha regresado a la visión ilimitada: a la utopía, al dogma y a la imposición. Hemos presenciado intensa censura, persecución de expresiones y opiniones legítimas, cultura de la cancelación, intentos de imponer una neolengua o proyectos para establecer una moral obligatoria.
Del catolicismo al calvinismo
La izquierda ha vuelto a la visión ilimitada… pero no a la misma que la del siglo XX. Algunos creen que la actual ideología izquierdista woke no es más que marxismo cultural, una adaptación del viejo materialismo histórico a los nuevos tiempos. Pero no es así: marxismo y wokismo poseen orígenes distintos. Ambos provienen de una proyección terrenal de dogmas cristianos… pero no del mismo cristianismo.El marxismo surge en Europa y seculariza elementos propios de la teología católica y ortodoxa: redención colectiva, mediación de una autoridad doctrinal, absolución sacramental de la culpa, purificación final universal. Por eso arraigó especialmente en países de tradición católica u ortodoxa o sin influenciaprotestante. No eranraros, en los años sesenta y setenta, loscuras católicos que se acostaban cristianosy amanecían comunistas: la estructura espiritual era sorprendentemente compatible.
El wokismo, en cambio, solo podía surgir en Estados Unidos, una sociedad fundada por puritanos obsesionados con la virtud colectiva, sin una jerarquía religiosa que actúe de mediadora ni sacramentos que absuelvan la culpa.El movimiento político woke procede del universo moral del protestantismo calvinista: interiorización de la culpa, vigilancia comunitaria de la rectitud, sospecha moral, delación,constante examen de conciencia y exhibición de la virtud con actos visibles, no íntimos.Mientras el marxismo proyecta la autoridad de la jerarquía católica en el Partido, que vigila la conducta de los ciudadanos,el wokismo reproduce el sistema puritano de vigilancia horizontal, donde los propios fieles se escrutan, denuncian y sancionan colectivamente. De ahí la actual vigilancia del lenguaje, que conduce a descalificaciones públicas y cancelación, la búsqueda de imaginadas microagresiones y el clima moral de denuncia y persecución por “delitos” de pensamiento y opinión, que recuerda, en su lógica, al episodio de las brujas de Salem.
Por sus raíces calvinistas, el progresismo woke no promete una salvación final universal. En su mentalidad identitaria, ciertos colectivos poseen autoridad moral innata(las “víctimas”), mientras otros heredan una culpa llamada privilegio (ser hombre, blanco, occidental, heterosexual, etc.), reflejo del pecado original, de la que solo pueden aliviarse, nunca liberarse,mediante un proceso infinito de penitencia lingüística y corrección de la conciencia.Por eso el wokismo ha arraigado, sobre todo, en países de cultura protestante y resulta bastante incomprensible, incluso grotesco, en culturas de raíz católica u ortodoxa, dónde no existe la tradición puritana de vigilancia mutuade la moral ni de exposición pública de la culpa. La desmesurada “caza de brujas” desencadenada por el wokismo en Estados Unidos acabó generando un colosal hartazgo y abrió el camino, como reacción furibunda, a un personaje como Donald Trump.
El drama de la modernidad no es haber perdido la fe, sino haberla trasladado al terreno donde resulta realmente peligrosa: la política. No existe hoy un “pensamiento” progresista sino un “evangelio” izquierdista, una devoción basada en impulsos y pasiones, no en la reflexión. Pocos describieron este fervor cuasi religioso, que apaga el raciocinio, con la brillantez de Arthur Koestler narrando su etapa de siete años como devoto comunista: “nunca, antes o después, estuvo mi vida tan llena de significado como durante esos siete años; ofrecían la superioridad de una hermosa falsedad sobre una ruin verdad”. Por desgracia, los recalcitrantes votantes “progres” de Pedro Sánchez siguen flotando en esa imaginaria, falsa e infantil utopía de color de rosa, que les permite sentirse justos y bienaventurados, en lugar de madurar y asumir la triste y cruda realidad.
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